Casa Öcher

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Un fuerte muro de hormigón es el elemento que despliega el proyecto. En unas zonas esbelto y en otras zonas semi-enterrado, el muro dibuja un gesto en "L" que permite abrir toda la vivienda hacia un jardín muy privado y orientado al sur.

Valle de Egüés

Arquitectura

2017

El muro, en efecto, es un mecanismo de protección contra las orientaciones negativas –el norte y el oeste- y contra las vistas que las viviendas contiguas tienen sobre la parcela. Y es, además, un mecanismo de contención de tierras para conseguir que la arquitectura se adapte al fuerte desnivel del terreno. Así, la vivienda da la espalda a las citadas orientaciones y a las vistas indiscretas mientras vive de los espacios exteriores horizontales que, en distintas alturas, va generando la geometría del muro.

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Gracias al citado gesto en "L", la zona de vida de la vivienda, situada a media altura, se abre completamente hacia un luminoso jardín central, protegido de las vistas que provienen de otras parcelas o de la calle. La fachada que vuelca sobre tal jardín es suave y cálida: se configura mediante lamas de madera de iroko y grandes paños de vidrio –son las habitaciones en el cuerpo largo y el salón en el cuerpo corto-. En cambio, las fachadas norte y oeste son más duras, son el ámbito del muro, la espalda de la “L”; dominan el hormigón y paneles de zinc.

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Un segundo gesto en “L”, trazado mediante un muro menor, genera el cuerpo bajo donde se albergan el vestíbulo, la zona de servicio y el garaje. Este cuerpo es también un elemento defensivo: su fachada frontal, abstracta y determinada por la madera de iroko, impide cualquier vista del interior. Su fachada trasera, generada por el citado muro, actúa como peto desde el jardín: lo protege así de la calle de acceso y hace que todas las vistas desde su interior se dirijan hacia el paisaje lejano.

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Es una casa discreta, introvertida; y su espacio estrella, el jardín central, es un ámbito tranquilo y suave, natural, que escapa de cualquier sensación de exposición.
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Constructivamente, la casa se entiende como un juego de planos, no busca ser un lenguaje de volúmenes. Los citados muros de hormigón son los planos limítrofes hacia el terreno; las superficies de madera de iroko son los planos que generan el cerramiento hacia el jardín y, por último, la gran cubierta de zinc es un plano que vuela, que levita sobre el muro. De hecho, su estructura queda suspendida del muro mediante pilares metálicos. Y son unos esbeltos pilares metálicos, también, los que sustentan la cubierta en el plano de la fachada del jardín.

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Resulta imposible percibir, una vez situados en el centro de tal espacio, que la casa se encuentra en una urbanización de parcelas muy estrechas y expuestas. Los materiales son naturales, podría decirse que sinceros, porque no se revisten ni se pintan: el hormigón con la textura de tabla de madera aserrada, el zinc natural y la bella madera de iroko tratada mediante aceites a poro abierto.

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En el interior, en cambio, el discurso material es, casi, el opuesto. La crudeza de los materiales naturales que dominan el exterior da paso a las superficies tersas y blancas de los tabiques y de la cara inferior de la cubierta. Aparecen, no obstante, retazos de la “sinceridad” material que caracteriza al ámbito exterior: por ejemplo, los suelos de las habitaciones y ciertos paramentos verticales se revisten de madera natural de pino danés; o, también, los pilares, aunque pintados en blanco, quedan siempre vistos desde el interior.

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En un lateral de este salón queda la cocina; en su espalda, la suave madera de pino danés; y en su frente, enmarcado por la baja altura del porche (exactamente 236 cm) y el techo inclinado, queda el jardín y las vistas a los montes de la cuenca de Pamplona. Aislamiento, privacidad y la naturalidad de ciertos materiales tratados con mucho esmero son, en definitiva, los ingredientes de esta obra residencial.

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En resumen, el ámbito interior es un ambiente más abstracto, determinado por las formas inclinadas de los techos y de ciertos tabiques, y por la luz tan suave que resbala por ellos. Quizá sea el salón el punto culmen del proyecto. Es el final de la “L”, el espacio interior de mayor tamaño y el ámbito donde el interior y el exterior se funden. Una enorme corredera de vidrio y el porche que crea la cubierta, permiten el uso de este espacio como una continuidad del propio jardín.

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Resulta agradable descubrir como, de noche, los materiales exteriores -el hormigón, el zinc y la madera- se funden para dar protagonismo al interior. Gracias a los grandes ventanales, la vida interior se proyecta en el jardín; y con ello, la casa parece ganar en transparencia. Desde las habitaciones se percibe la vida del salón, y viceversa. Ello invita a emplear el jardín para trasladarse de un espacio a otro, en lugar de circular por el pasillo. Así, el jardín se convierte más que nunca en espacio interior de la casa; y la casa, en espacio del jardín.

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Aguilar de Codés

Arquitectura

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